¿Los squishys son malos para el medio ambiente?

Tienen un impacto real y no vamos a maquillarlo: la espuma de poliuretano es un plástico derivado del petróleo, no se biodegrada en un plazo razonable y hoy en el Perú no hay una vía doméstica práctica para reciclarla. Eso no convierte al squishy en un villano, pero sí mueve la pregunta importante de "¿es malo?" a "¿cuántos compro y cuánto los hago durar?".

Qué es exactamente lo que estás comprando

Un squishy de mantequilla es una pieza de espuma de poliuretano con un acabado pintado encima. El poliuretano es un polímero sintético que se produce a partir de derivados del petróleo, y el formato slow-rise —el que hace que la pieza suba lento después de apretarla— se logra ajustando la formulación de esa espuma para que atrape el aire de una manera específica.

Dicho de otro modo: no es "goma natural", no es látex de árbol y no es un material compostable. Cualquier vendedor que te diga que su squishy es biodegradable te debería mostrar de qué material está hecho y bajo qué condiciones se degrada, porque en la práctica esa afirmación casi nunca se sostiene. Es más honesto tratarlo por lo que es: un objeto de plástico duradero, que en su duración tiene su mayor virtud y su mayor problema.

Por qué el reciclaje no es la salida, todavía

Aunque el poliuretano técnicamente se puede procesar, ese procesamiento vive en la industria, no en el hogar. Las plantas que reaprovechan espuma trabajan con volúmenes grandes y con material relativamente limpio y homogéneo —recortes de colchonería o de tapicería, por ejemplo—, no con piezas pequeñas y pintadas que llegan de a una.

Por eso echar un squishy al contenedor de plásticos del barrio no ayuda: no es el mismo material que las botellas PET, y una pieza así en ese flujo termina descartada de todos modos, con el trabajo de separación gastado en vano. Lo mismo pasa con la idea de "picarlo para relleno": esas partículas se escapan, se meten en el polvo de la casa y son exactamente el tipo de microplástico que conviene no generar. La conclusión incómoda es que, al final de su vida, un squishy es residuo general. Y si esa es la salida, entonces lo que de verdad decide su impacto es cuántos años pasan antes de llegar ahí.

Lo que no se sabe y no vamos a inventar

Es fácil escribir un artículo ambiental lleno de cifras. También es fácil que esas cifras sean inventadas. Así que aquí van los límites de lo que podemos decir con honestidad:

  • No conocemos la huella de carbono de un squishy en particular. No existe una medición pública y confiable por unidad que podamos citar, y calcularla requeriría datos de fábrica que no tenemos.
  • No sabemos cuántos años tarda en degradarse. Las cifras que circulan en internet para plásticos genéricos se copian entre sí sin fuente clara, y aplicarlas a esta espuma sería adivinar.
  • No conocemos la formulación exacta de cada fábrica. Los proveedores rara vez publican la composición completa, y suponerla sería irresponsable.
  • No sabemos cuánto pesa el transporte frente a la producción en el impacto total de una pieza específica.

Preferimos decir "no sabemos" antes que llenar el artículo de números redondos que suenan bien. Lo que sí está fuera de discusión es lo estructural: es plástico, es duradero, y su destino final hoy es el relleno sanitario.

El factor que sí controlas: la vida útil

Aquí está la parte buena. Con un objeto de plástico duradero, el impacto por año de uso baja cada año que lo sigues usando. Un squishy que aprietas todos los días durante tres años tiene una fracción del impacto por sesión que uno comprado por impulso y arrumado en un cajón en dos semanas.

Eso convierte al cuidado en una decisión ambiental, no solo estética. Manos limpias antes de apretar, un paño seco de vez en cuando, guardarlo lejos del sol directo y del calor, no doblarlo siempre por el mismo pliegue: son gestos mínimos que estiran la vida de la pieza. Y en el otro extremo, comprar tres squishys porque estaban en oferta y usar solo uno es la manera más rápida de triplicar el impacto sin triplicar el disfrute.

Comprar con criterio, antes de pagar

Estas son las preguntas que valen la pena hacerse frente a cualquier squishy, sea nuestro o de quien sea:

  • ¿Lo voy a usar a diario o es un impulso de tres días?
  • ¿Reemplaza a alguno que ya tengo o solo se suma a la pila?
  • ¿Estoy eligiendo el tamaño que de verdad me sirve, o el más grande porque se ve mejor en foto?
  • ¿La calidad justifica que dure años, o es tan barato que se va a romper en un mes?
  • ¿El vendedor es honesto sobre el material, o me está prometiendo cosas imposibles?
  • ¿Puedo pedirlo junto con otra cosa en un solo envío en vez de dos envíos separados?

Ese último punto pesa más de lo que parece: agrupar pedidos es una de las pocas decisiones logísticas que están totalmente en tus manos.

Nuestra propia posición, sin adornos

Vendemos squishys, así que decir "no compres squishys" sería falso de nuestra parte y decir "los nuestros son ecológicos" sería mentira. Lo que sí podemos sostener es una postura intermedia y consistente: preferimos vender una pieza que te dure años antes que cinco que te aburran en un mes, y por eso trabajamos solo dos tamaños en vez de una colección infinita —14 cm a S/ 14 y 24 cm a S/ 27—.

Si la duda es cuál de los dos vas a usar de verdad, el test de cinco preguntas está hecho justamente para evitar la compra por impulso y el squishy arrumado. Y si te quedan dudas concretas sobre el material, están respondidas sin rodeos en preguntas frecuentes. Comprar menos y cuidar más sigue siendo, de lejos, la decisión ambiental más grande que puedes tomar acá.

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